Salma llega sin presentación y sin rodeos. Es una chola boliviana de las que no necesitan producción: se planta frente a la cámara y ya. Las ganas se le notan antes de que pase nada.
Se va quitando la ropa de a poco, mirando de vez en cuando hacia la puerta. Tiene un cuerpazo y lo sabe, pero no lo dice, solo lo enseña. En un momento se le escapa una risa y sigue como si nada.
Al final se queda sin nada, acomodándose las caderas y el pelo. Pasa un rato largo así, tranquila, hasta que la escena corta.
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