Ni bien enciende la cámara se nota que es su primera vez. La imilla es asiática, de tetitas chiquitas, y se ríe sola antes de arrancar, como quien no sabe dónde poner las manos. Se acomoda en la cama mirando la pantalla, esperando que le escriban algo del otro lado.
Después arranca de a poco, tocándose sin apuro, todavía con la ropa a medias. Las sábanas ya están hechas un desmadre y ni cuenta se da. Cada tanto mira de reojo la cámara para comprobar que sigue grabando. Cuando corta, se queda callada un rato largo, como midiendo lo que acaba de hacer.
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